Skip to main content

Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

See other formats


II Trimestre de 2008 
Libro Complementario 

La gloría de Jesús 

Todavía toca los corazones 
Capítulo 6 

E\ desafío de sus dichos 



Admitámoslo, Jesús hizo algunas declaraciones difíciles de entender, 
que nos desconciertan, que no podemos comprender. Y ese es el te- 
ma de este capítulo: las palabras difíciles de Jesús, el desafío de sus 
dichos. En algunos casos sugeriré algunas respuestas; en otros dejaré 
el asunto abierto. 

En Mateo 11 20-24, mientras Jesús reprendía a algunas ciudades de Judea, cu- 
yos habitantes, a pesar de los extraordinarios milagros que él había realizado en 
medio de ellas, no se habían arrepentido, las comparó con las ciudades antiguas 
que habían experimentado el juicio de Dios. A Corazín y Betsaida les dijo que 
"si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en 
vosotras, tiempo ha que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza". Y si 
"en Sodoma se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti [Caper- 
naúm], habría permanecido hasta el día de hoy". ¿Significa eso que Dios no 
hizo todo lo que podría haber hecho para llevar a aquellas ciudades al arrepen- 
timiento? ¿Qué más podría haber hecho? 

Cuando Jesús descendió del Monte de la Transfiguración, un hombre le trajo a 
su hijo enfermo a quien los discípulos no habían podido sanar. Más tarde los 
discípulos quisieron saber por qué ellos no habían podido sanarlo. "Por vuestra 
poca fe", les respondió Jesús. "Porque de cierto os digo, que si tuvieseis fe co- 
mo un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y 
nadaos será imposible" (Mateo 17:20). 

Al parecer, estas dos respuestas de Jesús están en conflicto entre sí. "Por vues- 
tra poca fe" sugiere, por supuesto, que la fe de los discípulos era demasiado pe- 
queña. Y uno esperaría que Jesús les recomendara luchar por alcanzar una fe 
más grande. Pero en vez de eso, les dice que una fe tan pequeña como un grano 
de mostaza habría logrado el éxito. 

© Recursos Escuela Sabática 



Por tanto, ¿qué se necesita? ¿Una fe pequeña o una fe grande? O, ¿estaba di- 
ciendo Jesús que la fe de los discípulos no era ni siquiera del tamaño de una 
semilla de mostaza? 

¿Cómo considerar, entonces, su declaración de que con una fe tan pequeña co- 
mo un grano de mostaza "nada os será imposible"? Es razonable suponer que 
durante los siglos que han pasado desde los días de Jesús, al menos una frac- 
ción de cristianos, digamos el 0,0001 por ciento, ha experimentado esa clase de 
fe (puse una fracción muy pequeña para ilustrar mejor el punto). Y de ese 
número, digamos que mil de ellos, en algún momento han encontrado una mon- 
taña enhiesta como un obstáculo en su camino. Y sin embargo, hasta donde sa- 
bemos, jamás ha habido una reconfiguración geográfica caprichosa en ninguna 
parte del planeta. Y, ¿existirá en alguna parte un cristiano que nunca le haya 
hecho frente a un obstáculo que quisiera remover? Entonces, ¿por qué no des- 
aparecen muchos obstáculos? ¿Es la fe de tantos, o de todos nosotros, más pe- 
queña que un grano de mostaza? 

Desconcertante, ¿verdad? 

Jesús dijo: "A cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la 
otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la ca- 
pa" (Mateo 5:39, 40). 

Estas son declaraciones difíciles, casi totalmente imposibles de practicar cuan- 
do uno se detiene a pensar en ellas. Imagine que alguien le hiere a usted, 
dándole una bofetada, y en lugar de responder de inmediato con un recto a la 
quijada, usted le dice: "Aquí está mi otra mejilla, ¿qué tal un segundo sopapo 
de este otro lado? ¡Vamos, estoy esperando!" 

¿Es eso lo que Jesús quiso decir? ¿Así de radical era? ¿O lo estamos malinter- 
pretando? 

Si lo tomamos literalmente, entonces, ¿aphcamos bien su consejo? ¿Y qué tal si 
alguien quiere el billete de cien pesos que usted acaba de poner en su billetera? 
¿Le dará también la billetera junto con su licencia de manejar y sus tarjetas de 
crédito? ¿Y qué tal si alguien quiere quitarle su automóvil, le dará también su 
casa? 

Estas son preguntas difíciles, y las respuestas no son fáciles. Pero mientras es- 
peramos, consideremos otros tres puntos que nos dan una pausa: El s 
cristiano, la benevolencia radical, y el perdón. 



© Recursos Escuela Sabática 



El servicio cristiano 

Cuando Jesús envió a sus discípulos, sus instrucciones no fueron como las dar- 
íamos nosotros hoy. "Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha 
acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera de- 
monios; de gracia recibisteis, dad de gracia"(Mateo 10:7, 8). ¿Qué significado 
debe tener este mandato para nosotros hoy? ¿Cómo se podría llevar a cabo la 
misión en el mundo contemporáneo sobre esas bases? 

En todo lo que tiene que ver con la predicación directa del evangelio, la iglesia 
ha sostenido la política de: "Dad de gracia", es decir, no se cobra nada a quie- 
nes lo reciben. Y por la razón que sea, la iglesia ya no se especiahza en resuci- 
tar muertos y echar fuera demonios y, por lo tanto, el tema del encargo para tales 
servicios se vuelve discutible. Así que, dejando aquellos elementos a un lado, 
nos concentraremos en el asunto que queda, es decir, la sanidad. La Iglesia Ad- 
ventista del Séptimo Día ha mostrado en toda su historia un profundo interés en 
el ministerio de curación, especialmente el ministerio médico, "el brazo dere- 
cho" de su mensaje y misión. 

¿Cuáles son las implicaciones de estos pasajes (y de otros similares) en los 
Evangelios para la forma como cumplimos el ministerio médico en la actuali- 
dad? Si tomamos los Estados Unidos como ejemplo, cualquiera que haya tra- 
tado de entrar a cualquier hospital, incluyendo los que son dirigidos y adminis- 
trados por los adventistas, sabe que difícilmente logrará traspasar las puertas, ex- 
cepto en casos de emergencia, si no demuestra primero que tiene un buen segu- 
ro o cualquier otro medio sólido para pagar. Parece que "dar de gracia" no se 
aplica aquí. 

Uno puede argüir, por supuesto, que nadie cobra en la iglesia por ninguna cu- 
ración milagrosa, la cual, para ser exactamente hteral, era a lo que Cristo se re- 
fería aquí. Así que, si podemos imaginar una situación en la cual Jesús hubiera 
tenido que recurrir a los farmacéuticos del primer siglo, ¿podría haber propor- 
cionado sanidad gratuita sin recibir grandes donaciones de las organizaciones fi- 
lantrópicas de su tiempo? ¿Y qué habría hecho él si las circunstancias hubieran 
requerido, no solo medicación, sino también hospitalización, maquinaria y 
equipo que cuestan millones de dólares, más el personal de tiempo completo 
que los manejara, personal que tuviera, además, sus propias necesidades 
económicas? Y por encima de todo esto, añádale las preocupaciones modernas 
por las responsabilidades y litigios legales, y la cuestión se vuelve extraordina- 
riamente compleja. 

' Ver Elena G. de White, Consejos sobre salud, p. 328. 

© Recursos Escuela Sabática 



Tales consideraciones, válidas como son, no debieran librarlo a uno totalmente 
del problema filosófico que nos plantea la distancia que hay entre las órdenes 
de marcha de Jesús y nuestra práctica contemporánea. Al menos, dada la natu- 
raleza de la actual escena médica, los adventistas debieran reflexionar seriamen- 
te en el significado del concepto tradicional de "el brazo derecho del mensaje". 
Es posible que necesiten considerar si no sería más correcto pensar de la em- 
presa médica adventista típica simplemente como un negocio cristiano con orienta- 
ción misionera, y no como una empresa estrictamente eclesiástica. ¿No sería un 
enfoque más creíble? 

El tema es enormemente difícil. Pero nuestro casi total fracaso para afrontar es- 
te tema con profundidad no debe dejarnos tranquilos. La cuestión fundamental 
se centra en cómo aplicamos las palabras de Jesús en la actualidad. ¿O se han 
vuelto inoperantes en el mundo actual? 

La benevolencia radical 

La historia es familiar. Un gobernante "rico" se acerca a Jesús para preguntarle 
qué debe hacer para obtener la vida eterna. Después de escuchar la enumera- 
ción de los logros del joven, Jesús le dijo: "Aún te falta una cosa: vende todo lo 
que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sigúeme" 
(Lucas 18:22). 

La explicación que muchos de nosotros hemos dado es que Jesús no les dirigió 
a todos esa indicación particular. El, como profeta, poseía una percepción espe- 
cial de las necesidades específicas del joven gobernante que estaba de pie fren- 
te a él aquel día; y vio que el único gran obstáculo que se interponía entre la vi- 
da eterna y él era su riqueza: por eso le indicó que vendiera todo lo que tenía y 
diera el dinero a los pobres. Pero para usted y para mí la prueba puede ser di- 
ferente, pues los obstáculos que afrontamos en la vida son diferentes. 

Yo creo que esta explicación es válida. 

Pero una mañana de enero de 2001 me asaltó un nuevo pensamiento mientras 
reflexionaba en un capítulo del hbro The Politícs of Jesús, de John H. Yoder. 
Por primera vez, sentí el impacto de Lucas 12:33. Resulta que ese texto es parte 
del registro que hace Lucas del Sermón del Monte de Jesús y, por lo tanto, las 
amonestaciones y ordenanzas proclamadas allí no pueden considerarse aisla- 
das, o tan específicas que son dirigidas a una sola persona. 

Por tanto, aquí está el pasaje de Lucas 12:33: "Vended lo que poseéis y dad li- 
mosna; haceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos que no se ago- 
te, donde ladrón no llega, ni polilla destruye". Jesús parece estar aplicando a 
© Recursos Escuela Sabática 



todos los que tienen riqueza el mismo mandato que dio al joven rico en el capí- 
tulo 18. 

¿Qué quiso decir Jesús? Si yo vendo todo lo que tengo y doy el dinero a los 
pobres, entonces inmediatamente me convierto en pobre, necesitado de que al- 
guien más, siguiendo el mismo principio, venga en mi rescate. Pero entonces 
esa persona, a su vez, se convierte en pobre. Y no es difícil visualizar la forma 
en que tal proceso conducirá con el tiempo a severas e inesperadas complica- 
ciones. 

Encuentro que cuando uno lucha con este tema es útil considerar lo que ocurrió 
en la iglesia primitiva, tal como se registra en el libro de los Hechos. Estos, 
después de todo, fueron los cristianos que vivieron más cerca del contexto so- 
cial en que Jesús hizo esta declaración. Hechos 4: 32-35 dice que "la multitud 
de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo 
propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común [...]. Así 
que no había entre ellos ninguno necesitado; porque todos los que poseían 
heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a 
los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad". Lo que 
se presenta aquí es el retrato de una comunidad integrada, una unidad famihar 
de creyentes. 

Pero el incidente con Ananías y Safira (Hechos 5:1-10), aunque sea trágico, nos 
muestra algo de la dinámica que impulsaba este rico programa de distribución: 
era voluntario, no se obhgaba a nadie, no se le requería a nadie. No todo es 
explícito en la historia, pero, al parecer, la pareja, viendo quizá la general apro- 
bación que recibió Bernabé (Hechos 4:36, 37) después de dar a la iglesia todo 
el dinero que había recibido de la venta de sus propiedades, quería recibir los 
mismos elogios por un sacrificio menor. ^ Lo que aprendemos de la confron- 
tación de Pedro con ellos es que la pareja tenía total autoridad y libertad para 
hacer con su propiedad lo que quisiera: no tenían ninguna obligación de ven- 
derla. "Y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu co- 
razón?" En otras palabras, podrían haber dado a la iglesia cualquier porción del 
precio que quisieran. Fue la egoísta tergiversación de la transacción la que los 
llevó a la tragedia. 

Otra consideración es la idea que propone Yoder en el capítulo 1 que yo estaba 
leyendo aquella mañana. Conectando el texto de Lucas 12:33 con el pronun- 
ciamiento de Jesús registrado en Lucas 4:18, 19 (que él ve como una clara refe- 
rencia al esquema de la realineación de las propiedades en conexión con el an- 

Comentarío bíblico adventista, tomo 6, p. 176. 

© Recursos Escuela Sabática 



tiguo año del jubileo), propone la idea de que la declaración de Jesús en Lucas 
12 no estaba dirigida simplemente a un grupo especial de personas ultra- 
dedicadas, ni era tampoco una "ley constitucional para fundar un utópico Esta- 
do de Israel". Era, más bien, dice Yoder, "una ordenanza del jubileo que debía 
ponerse en práctica aquí y ahora, como una prefiguración del restablecimiento 
de todas las cosas". 

Así que Yoder pone el énfasis en algo que iba a ocurrir como parte de la misión 
mesiánica de Jesús, sin ninguna aplicación necesaria en la actualidad. Así, los 
cristianos contemporáneos están libres de esa obligación. Yo considero inade- 
cuada esta interpretación, y creo que una forma más natural de comprender el 
texto es verlo como aplicable umversalmente y en todos los tiempos. Por muy 
radical que suene, su aplicación, como lo vimos en el caso de la iglesia primiti- 
va, es la correcta. Tenemos, además, un caso que demuestra ese mismo punto 
durante el ministerio de Jesús. Cuando Zaqueo rindió su vida al Maestro, vo- 
luntariamente ofreció: "La mitad de mis bienes doy a los pobres", no todo, co- 
mo Jesús le había estipulado al joven gobernante rico. (Tampoco Lucas 12: 33 
sugiere que vendamos todo.) Y "si en algo he defraudado a alguno", añadió Za- 
queo, "se lo devuelvo cuadruplicado". Aceptando el arreglo, Jesús dijo: "Hoy 
ha venido la salvación a esta casa" (Lucas 19:8, 9). 

Más allá de todo esto, la preocupación de Jesús con respecto a la riqueza era 
señalar su peligro intrínseco. Sus declaraciones comparando las posibilidades 
de una persona rica de entrar al cielo con la posibilidad de que un camello en- 
trara por el ojo de una aguja (Mar. 10: 18-25) no tenían el propósito de parecer 
ingeniosas, como todo el contexto aclara perfectamente. Lo que se proponía era 
indicar cuan serio es el impedimento que las riquezas le plantean a nuestra sal- 
vación. Sin embargo, Jesús añadió, alentadoramente: "Todas las cosas son po- 
sibles para Dios" (Marcos 10:27). 

Con respecto al perdón 

La historia es famihar. Pedro le preguntó a Jesús: "Señor, ¿cuántas veces perdo- 
naré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo 
hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete" (Mateo 18:21, 22). 

Los beneficios espirituales, emocionales y psicológicos del perdón son bien 
conocidos, y se han escrito numerosos libros y artículos sobre el tema. Mi co- 
razón late al unísono con todos esos sentimientos, sentimientos que he expre- 
sado innumerables veces, y los expresaré otra vez. Sin embargo, siempre he 

' John H Yoder, The Politics of Jesús (Grand Rapids, Michigan: Eerdmans, 1972), p.76. 
© Recursos Escuela Sabática 



albergado una persistente preocupación con respecto a la inadecuada compren- 
sión que la gente tiene de la declaración de Jesús. 

La forma como vierte la Nueva Versión Internacional la cláusula es "setenta y 
siete veces". Cualquiera sea la versión que adoptemos, estamos hablando aquí 
de un gran número de ofensas. Y siendo que ninguna persona normal tomaría 
tiempo para llevar un registro, la comprensión común (y yo creo que es la co- 
rrecta) de la declaración de Jesús es que no debiera haber limites para el perdón. 
Alguien nos insulta, nos humilla, nos habla groseramente, dice una serie de hi- 
rientes mentiras con respecto a nosotros y nuestra familia, se burla pública- 
mente de nosotros, daña nuestra reputación, hay simplemente docenas de ca- 
sos de esos en el curso de la vida diaria, y nosotros nos hacemos un enorme fa- 
vor a nosotros mismos si ponemos tales heridas a un lado, perdonándolas y, si 
le, olvidándolas. 



Es probable que Pablo tuviera tal cosa en mente cuando escribió a los creyen- 
tes de Colosas: "Vestios, pues, como escogidos de Dios [...] de entrañable mi- 
sericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; so- 
portándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviera queja 
contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo voso- 
tros" (Colosenses 3:12, 13). 

No existe la menor duda de que cuando Pedro le preguntó a Jesús tenía la 
misma idea en mente: las múltiples ofensas que pueden producirse durante el 
curso de la interacción cotidiana de los seres humanos. De acuerdo con esto no 
debiéramos extrapolar demasiado la respuesta de Jesús y hacer aplicaciones 
universales a todas las situaciones de la vida humana. Si estamos preparados 
para ir más abajo de la superficie, podemos preguntarnos si la respuesta de 
Jesús se aphca en la misma forma a todos los siguientes casos: 

1. Una familia se sacrifica durante mucho tiempo para reunir el dinero necesa- 
rio para construir o comprar una casa, y allí guardan sus pertenencias invalua- 
bles e irremplazables: libros, papeles, videos, computadoras con información vi- 
tal para la familia, fotografías irremplazables de bodas, graduaciones, naci- 
mientos y otras ocasiones especiales. Luego viene un pirómano, y todo se des- 
vanece en humo. 

¿Y qué ocurre cuando encuentran al pirómano? Si decimos, "perdonemos", 
¿qué queremos decir? ¿Significa que el incendiario se puede ir tranquilamente a 
su casa? Pero, digamos, por causa del argumento, que el pirómano se va a su 
casa perdonado. ¿Y qué pasa si la misma persona, al día siguiente, quema el 
departamento donde la familia damnificada se había refugiado temporalmente? 

© Recursos Escuela Sabática 



¿Qué pasará entonces? ¡Y solo estamos en el incidente número dos! ¿Tenían Jesús 
y Pedro tal atrocidad en mente? 

1. En el mes de octubre de 2005, un hombre entró en una tienda en Mary- 
land, donde su ex esposa trabajaba como cajera, la regó con gasolina y le 
prendió fuego, dejándola horriblemente desfigurada para el resto de su 
vida. En la actualidad ella no es más que un fantasma, no quedó nada de 
su antigua belleza. Pero vuelva conmigo a la escena del incidente; e imagine 
que inmediatamente la mujer recobra la conciencia suficiente para per- 
donarlo. Luego imagine que después de haberlo perdonado, él sigue la 
ambulancia hasta el hospital (y por fantástico que parezca todo esto, le 
pido que permanezca conmigo un momento) se arrastra como gusano has- 
ta la misma sala de cuidados intensivos con una botella de ácido en las 
manos. Y mientras ella está inconsciente rocía el ácido en lo que le queda 
de rostro a su ex esposa. ¿Habrá alguien, en algún lugar, que tenga la ca- 
pacidad para decir que esta mujer ha desobedecido a Cristo si encuentra 
difícil perdonar al demonio en que se convirtió su ex marido? Y, para 
remachar el punto: ¿estaba Jesús hablando de incidentes como estos? 

2. El 7 de junio de 2003, Brian y Daphne Gipson se dirigían a su casa en 
Pennsylvania. Estaban de regreso de su luna de miel que habían pasado en 
la Florida. Mientras su vehículo pasaba bajo un puente, alguien tiró una 
piedra que rompió el parabrisas y le dio a Daphne en la cara. Semanas más 
tarde, Brian todavía estaba esperando el día en que su esposa hablara de 
nuevo. "El espera, ora, y se obsesiona con esta pregunta: ¿cómo pudo al- 
guien arrojar aquella piedra, cambiar tantas vidas y todavía dormir tran- 
quilo por la noche?" Después de pasar muchos meses en el hospital, 
Daphne sale como una persona destruida, para hacerle frente a la ruptura de 
su matrimonio.** 

Pero supongamos que Daphne conoce a la persona que realizó aquella 
perversa acción y la perdona. ¿Puede usted imaginar que su capacidad de 
perdonar a esa persona sea la misma la segunda, la tercera, la cuarta, la vigé- 
sima vez? ¿No malinterpretamos a Jesús cuando utilizamos sus palabras pa- 
ra acumular sentimiento de culpabilidad sobre las personas que al hacer 
frente a actos brutales e inenarrables, encuentran difícil perdonar y buscar 
justicia al mismo tiempo? 

3. La mujer paquistaní de 32 años había sido acusada por su marido de tener 



Lonnae O'Neal Parker, "Fight to Regain Life After 1-95 Attack", Washington Post, 8 de abril de 2003, pp. 
Al, A3. 

© Recursos Escuela Sabática 



relaciones sexuales con su hermano, y un día, el esposo se vengó. Un in- 
forme de Gujar Khan, Pakistán, difundió los horribles resultados: "La ca- 
beza de Zabida Perveen está envuelta en una tela blanca de algodón, que 
ella aprieta constantemente. Pero cuando ella se inclina para levantar a su 
bebé, el velo cae para revelar "las horribles heridas que había sufrido". "Los 
ojos de Perveen son dos cuencas vacías de carne viva, sus orejas habían si- 
do cortadas, y su nariz no era más que un pedazo de hueso enorme y enro- 
jecido. Seis meses antes, su esposo, en un arranque de rabia por la supues- 
ta infidelidad, le había atado las manos y los pies, y la había acuchillado con 
una navaja de afeitar y un cuchillo. Ella tenía tres meses de embarazo en ese 
momento". ^ 

La pregunta no es si esa mujer debiera perdonar a su esposo, sino: ¿Puede 
alguien pensar seriamente que Jesús o Pedro tenían esas atrocidades en 
mente hace dos mil años? 

Estas son algunas de las consideraciones que hacen difíciles de entender las de- 
claraciones de Jesús acerca del perdón. ¿Cómo aphcamos sus palabras, por 
ejemplo, en casos de repetido abuso sexual y físico de los niños dentro del 
hogar? Fue al principio de Mateo 18, cuando, al poner énfasis sobre ese tema, 
Jesús expresó estas terribles palabras: "Y cualquiera que haga tropezar a alguno 
de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello 
una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar" 
(versículo 6). Aunque su primera referencia aquí es el juicio divino, sería inge- 
nuo tomar livianamente lo que Dios trata con tanta seriedad: ofrecer el perdón 
"fácil" y repetidamente. 

Mi intención en esta sección era ir un poco más profundo en estas cuestiones 
que, por lo general, consideramos superficialmente. Por ejemplo, la respuesta 
de Jesús a Pedro. Mi intención no es, en lo absoluto, alentar las actitudes de 
venganza y falta de perdón, porque tales actitudes (como dijimos antes) produ- 
cen destrucción emocional. Pero creo que es importante reconocer que los en- 
foques simplistas que echan las ofensas comunes de la vida diaria en el mismo 
saco que las atrocidades que cambian, desfiguran y acaban con la vida en todos 
los sentidos; se burlan de las palabras de Jesús y crean sentido de culpabilidad 
en aquellos que hacen frente a terribles y criminales ofensas contra sus per- 
sonas o sus propiedades. Al parecer, Jesús mismo hace una diferencia con cier- 
tas ofensas particulares, como la ominosa advertencia que le hizo a Judas la no- 
che de su entrega: "A la verdad el Hijo del hombre va, como está escrito de él, 

' "In Pakistán, Women Pay the Price of 'Honor'", Washington Post, 8 de mayo de 2000, pp. Al. 
© Recursos Escuela Sabática 



mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre es entregado! Bueno le 
fuera a ese hombre no haber nacido" (Marcos 14:21). 

El asunto del perdón es extraordinariamente sensible y complejo. Es lo que 
hace que la declaración de Jesús acerca de él sea tan desafiante. 

En conclusión 

Admitámoslo, Jesús dijo algunas cosas difíciles, que nos confunden; cosas difíci- 
les de entender. Esparcidas por todos los Evangelios se encuentran algunas de 
las más desafiantes declaraciones éticas que podamos encontrar jamás en parte 
alguna. Exigen un estudio y un esfuerzo constantes para comprenderlas. En es- 
te capítulo apenas hemos tocado la superficie. 



© Recursos Escuela Sabática